El interés no nace de repente
ni se sostiene con palabras bonitas.
No es un “te pienso” ocasional
ni una presencia que aparece solo cuando conviene.
El interés verdadero es constancia,
es estar incluso cuando nadie aplaude.
Es elegir quedarse
cuando el día es gris,
cuando el ánimo flaquea
y el silencio pesa más que las preguntas.
Es preguntar cómo estás
y esperar la respuesta de verdad.
No tiene que ver con dinero,
ni con regalos,
ni con lo que se muestra por fuera.
Tiene que ver con mirar al corazón
y respetarlo como algo sagrado.
El interés se siente
cuando no hay que insistir,
cuando la atención es natural
y no forzada.
Cuando la otra persona escucha
sin mirar el reloj.
El cuerpo atrae por momentos,
la apariencia llama un rato,
pero el alma es la que sostiene los días largos,
los miedos, las dudas,
las noches sin respuestas.
Quien tiene interés real
no juega a desaparecer,
no confunde,
no lastima por costumbre.
Suma presencia, suma cuidado,
suma verdad.
El interés constante
no se enfría con el tiempo,
no se esconde detrás de excusas,
no cambia según el humor del día.
Permanece.
Es estar sin poseer,
cuidar sin controlar,
amar sin condiciones impuestas.
Es caminar al lado,
no delante ni detrás.
Y cuando ese interés existe,
cuando es firme, sincero y constante,
no hace ruido
pero da paz.
Porque el interés verdadero
no se promete:
se demuestra
cada día.
escrito por:
Daniel
10/1/2026