No fue amor lo que ardía en la carne:
era hambre vestida de beso,
era miedo pidiendo futuro
con voz de promesa y de cuerpo.
El amor no reclama la sangre
ni confunde deseo y destino,
no nace del pulso que exige,
sino del alma sin grito.
Aquí solo lo roza la vida
cuando un padre, partido por dentro,
mira al hijo y comprende
que amar
es dar sin hacerse dueño.
Manos abiertas al tiempo,
cuidar sin clavar la raíz,
no hacer del amor una jaula
ni del hijo un porvenir.
Todo lo demás es instinto
gritando ley en la sombra.
El amor verdadero comienza
cuando el miedo se quiebra
y el silencio
nombra.
Antonio Portillo Spinola