Amarte es una condena, puesto que incurro
contra el cielo al adorarte como mi deidad,
eres fruta en prohibición y nuestro idilio es de clandestinidad
-entre las brumas-, mujer, tan sólo como yo, ámame
y proyecta las llamas desde tus ojos hacia mi alma
que tiene sed de ti, y alternamente a otro mundo transpórtame,
yo por tu ternura lo acepto todo, seamos uno solo
en el éter de la sensación de nuestra complicidad,
ven siempre a mí enteramente con la determinación
de este amor sin licitud y juntemos nuestros labios
hasta que se abran en ellos sus sangraduras,
dime, mi bien, que aunque el orbe me condene,
y a la pena para morir me sentencien los ecuánimes,
tu benignidad irá inmanentemente junto a mí.