chauchesco

Desilusión

Apareció como aparece el sentido,

sin anuncio, sin certeza,

como una luz breve

que no promete permanecer.

Ella, cansada de habitar el escombro,

creyó reconocer en esa voz

una forma de hogar,

y entregó la fe que guardaba

para los milagros tardíos.

Confiar fue un acto metafísico:

creer que el otro no huye,

que la presencia no es un espejismo,

que el afecto no es un error del tiempo.

Pero el ser también sabe retirarse

sin despedirse del mundo.

Un día, él fue ausencia pura,

y la ausencia no explica,

solo existe.

Entonces la verdad cayó

como cae lo inevitable:

otra historia ocupando su lugar,

otro destino cerrando la puerta

que ella aún sostenía abierta.

No fue el amor lo que se perdió,

sino la idea del sentido;

no fue él quien se fue,

sino la certeza de que confiar

tiene recompensa.

Porque existir es arriesgar la fe

en manos ajenas,

y a veces el universo responde

con silencio.

Ella entendió, al fin,

que nadie nos debe permanencia,

que no toda ternura es finita,

y que incluso la esperanza

es mortal.

Y sin embargo, permaneció:

no intacta,

pero lúcida.

Aprendió que creer no fue un error,

sino la forma más honesta

de estar viva.