Era el rocío de la mañana
de una flor que fatídicamente
nunca llegó a abrir,
el cuervo preciso del destino
y las aves de rapiña que no saben
de la belleza del vivir
destiñeron sus pétalos
destrozaron su fortuna.
El viento quedo impregnado
de una luz tenue por latir
la noche quiso extinguirla
pero no se acaba en el su aroma
que se repite en otras flores
que también cortan o destrozan
los pájaros de hierro, las tijeras
de jardineros ciegos que arrancan
los tenues brotes antes de que el sol
del medio día pueda su espíritu recoger.
Más la noche no sabe guardar secretos
en el silencio sus tallos y hojas
agitando el viento
quiebran la esperanza
o la hacen resurgir en la bondad
de cada nuevo abril.