Esa hora intempestiva
en la que huyen las musas
y no reparten misivas,
es la que esconde sus letras
refugiándose en excusas
no aptas para poetas.
Esa hora despojada
de un amor en compañía
pone letra a la balada
compuesta en la travesía
que va del todo a la nada,
y finge cantar de día,
llorando de madrugada.
Esa hora caprichosa
en la que nada sucede
es el tiempo que reposa
sobre el lecho que se adhiere
al sueño que pretendía,
y quedó bajo la losa
que entierra a la fantasía.
Esa hora intrascendente
en la que pasa de largo,
de puntillas y de frente
el silencioso letargo
del corazón que no siente,
flirtea con el insomnio
sometiéndolo al embargo
de su peor patrimonio:
el despertar más amargo.
Esas horas anodinas
en las barras de los bares,
cuando la piel se examina
de sus pecados veniales
y el vino nunca termina
de cumplir la penitencia,
solo le dejan propina
a la voz de la conciencia.
Esas horas embusteras
que te prometen las hadas,
pero tienen la coartada
para dejarte en espera
de otra hora que te miente,
son las horas desgastadas
por el roce de lo ausente.
Esa hora inoportuna
en que se gestan los miedos
a saber si queda alguna
certeza de aquellos credos
que pensabas que tenías,
y te preguntas ahora,
no te ofrece todavía
la respuesta que te azora.
Esa hora clandestina
que se esconde en el olvido
espera tras una esquina
de la calle que has subido;
y, cuando doblas la acera,
se pone el pasamontañas
y te roba la cartera
del amor que aún extrañas.
Esa hora inesperada
que te llega por sorpresa
y recibes la llamada
de aquellos labios de fresa,
hace tañer las campanas
del corazón que despierta
recuperando las ganas
de abrir otra vez sus puertas.