Si pudiera volver a esa cocina, a las mismas cuatro de la tarde de un martes cualquiera, con las mismas tazas de té enfriándose y el mismo sol de invierno golpeando la alfombra; si pudiera entrar de nuevo en mi propio cuerpo y habitarlo como una inquilina que al fin sabe dónde están las llaves.
Vivirlo todo otra vez, pero esta vez hacerlo bien. Sin ese tropiezo ridículo en el umbral, sin las palabras que se pudrieron en mi boca, sin esos desiertos de tiempo donde no hice más que contar mis dedos.
Sería como tomar este manuscrito, esta historia nuestra que hoy es un mapa de borrones, un nido de tachaduras negras y manchas de café, y obligarlo a ser blanco, impecable, perfecto.
Sería como entrar en una sala de urgencias para que un cirujano divino me quitara los errores con un bisturí de plata, dejando la piel tersa, sin el relieve de las cicatrices, pasando la vida a limpio, como si nunca hubiéramos sido estas criaturas rotas que somos hoy.
m.c.d.r