Y así. El tiempo aprende a quedarse, se vuelve dócil, como un animal cansado de huir.
Ahí. Mi nombre pierde sus bordes, se desarma, y entiende por fin qué significa pertenecer.
En tus manos.
El miedo baja la voz, la noche se acorta, y el mundo -tan duro afuera-se deja sostener.
No prometen eternidades, pero guardan el gesto exacto que salva el día, la forma sencilla de no caer.
Y si todo termina, si la luz se va sin aviso, que sea así: con mi historia cerrándose despacio en tus manos.
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Rafael Blanco López
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