CARTA A UN AMIGO EXTRANJERO
(Segunda parte)
*Honrando a los mártires del 9 de enero de 1964
Hermano,
te escribo otra vez desde el istmo que no duerme,
donde la historia camina en puntillas
para no despertar a los muertos
y aun así los despierta.
No creas que el tiempo calmó a las bestias.
Solo aprendieron a usar corbata,
a hablar de democracia con los dientes apretados,
a firmar tratados
como quien carga un arma invisible.
Hoy buscan oro negro bajo tu cama con voraz desparpajo
e intentan arrodillar tus sueños,
romper en dos la espada de Bolívar
y esclavizar tus ilusiones de país libre...,
yo te lo dije.
No vienen solos:
traen mapas que no muestran fronteras
sino objetivos,
traen economistas con olor a pólvora vieja,
generales jubilados que aún juegan
a ser dueños del mundo,
corporaciones que rezan al dólar
como si fuera un dios sin memoria.
Aquí ya los vimos llegar antes.
Sabemos cómo empiezan:
primero la sonrisa,
luego la deuda,
después el miedo cuidadosamente sembrado
en los noticieros.
Al final, la bota —siempre la bota—
aunque ahora sea digital, financiera, elegante.
Yo entiendo que ames tu país,
yo también amo el mío
con una fe casi peligrosa.
Por eso te escribo:
porque la espada de Bolívar no es reliquia,
es una idea que aún corta,
y hay manos extranjeras
intentando partirla en dos
para que nadie vuelva a empuñarla.
No es paranoia, amigo.
Es memoria activa.
Es enero repitiéndose en otros nombres.
Soy yo Maritza Alabarca respirando en cada advertencia,
es el istmo recordando
que el imperio no olvida
y nosotros no debemos hacerlo
y ustedes tampoco.
Te lo dije entonces.
Te lo digo ahora,
con la paciencia tensa de quien ha visto
al jinete regresar disfrazado de salvador:
cuida tus sueños,
no los dejes dormir desarmados.
Yo te lo dije, amigo:
el imperio muda de piel
pero no de apetito.
JUSTO ALDÚ © Derechos reservados 2026.
* Maritza Alabarca se considera la primera mártir. Murió asfixiada por los gases lacrimógenos de los norteamericanos. Solo tenía 6 meses de edad.