Fue en el año
que no terminó nunca.
El río
—el mismo de siempre—
amaneció espeso.
No hizo falta anunciarlo.
Los peces flotaron
antes que la noticia.
De ese río
salía el agua
de todas las casas.
La orden bajó
como bajan las cosas
que no quieren testigos:
abrir la toma,
dejar correr.
Alguien dijo
que era potable.
Alguien firmó
sin mirar el cauce.
Él miró.
Había nacido allí.
Sabía dónde el río
se volvía hondo,
dónde los niños
aprendían a nadar.
Dijo no.
No en privado.
No en secreto.
Lo dijo
con el cuerpo delante,
con el nombre completo.
Ese no
cambió el aire.
Cerró puertas.
Cambió miradas.
En ese año
había una contienda.
Las cifras corrían
más rápido que la verdad.
A las dos de la tarde
ya se sabía:
No habría triunfo…
Antes del anuncio,
antes del ruido,
buscó otro cielo.
No huyó.
Se cuidó.
Desde entonces
vive lejos.
El agua allá
no sabe igual.
El río
sigue pasando
por su memoria.
La gente
por su pecho.
Muchos callaron.
Yo estuve allí.
Por eso escribo
cuando otros
prefieren olvidar.
Jesús Armando Contreras.