Justo Barreda

Mi huella en el asfalto

Andaba distraído, como cuándo niño jugaba por aquel paraje. Me dejé embriagar por el olor a hierbas. Pero solo el cuerpo, quizás por la edad. Por los ojos agudos salía la mente que buscaba. Aquellos tesoros de placer, ayer el juego ingenuo. Ya tenía una en la diestra, muy segura, pero con toda la delicadeza necesaria para no deformarla. Aquella fruta madura trajo todos los recuerdos de infancia. Hoy sabía que cada vez que llenara la otra mano, como si fuese a toser; para devolver la semilla, tenía la posibilidad inicial de crear vida abundante. El desconcierto era incómodo, son tantas para una sola fruta, y solo aquí, lejos de todo las encuentras. Con cautela las retenía buscando el espacio que las acogiera.

 

Llegué dónde la sombra es espesa y la humedad del suelo cubierto por hojas secas parecía más, que la cripta del verde, un mar en calma, templado por la añoranza. Quité rápido mi calzado, hundiendo los pies en aquel contraste de la mente. Hirviente, imposible de pisar un meridiano cualquiera todo aquel harto concreto de la acera.

 

Todo detenido en la sensación, prendió con fuerza la chispa que seguía. La apuesta mayor, de la antes devorada, el premio mayor sin aquel sabor dulce y granoso. Entre lo ácido y dulcemente inigualable al paladar, no pude evitar abundante saliva en mi boca. Algo perdido, entre el temor de la temporada y la ubicación, seguí lo que parecía un sendero que llevaba. Quedaron rememorar las carreras, solo detenidas por risas intensas de quien llegara primero, para ganar la mejor rama.

 

Palidecí cuando cubierta por maleza se distinguió una figura conocida. Ya no era esbelta; dónde brotaba cada gruesa rama, delataba pertenecía. Aquel fantasma, era un familiar distanciado. Sentí perder algo irrecuperable, con un nudo en la garganta, sin respirar, ni pestañear. Totalmente inerte quería saber cómo podría conservar la solemnidad que sentí, y me haberme traído hasta aquí.

 

Bajé la cabeza apoyando la palma de la diestra sobre el musgo brillante. Cavé con los pies tristes dónde dejar lo que el cofre de mi mano no había sabido soltar. Se había creado un claro, qué podría lograr un comienzo; desde mis manos hacia la felicidad del corazón de un niño.

 

Primero creí que eran recuerdos, después la seguridad, una risa inocente venían de detrás. No de mí, de él, como tallada en su imborrable recuerdo. Sin despegar la mano comencé a rodearlo, notando que el claro culminaba ahí, pero venía desde el sentido contrario a mis recuerdo. Anduve un rato por lo desconocido y la risa ya era clara, pero el camino estaba sucio. De repente todo acabó, me dejé caer contemplando el mismo juego infantil, bajo otro árbol joven de la misma fruta. Hacían del banquete una fiesta del disfrute. Tenía algunas frutas no tan grandes. Solo tierra polvorienta lo rodeaba. Un anciano los disfrutaba velando.

 

Desde esa posición, veía un cuadro, me transmitía ideas. Así jugábamos nosotros, un poco más salvajes, sin aquella ropa abundante y limpia, sin una mirada protectora. Sobre él pasábamos horas y estos niños parecen no haber subido un árbol jamás. El nuestro era todo el cuidado y el peligro que nos abrazaba con sus ramas. Reíamos con más inocencia, casi por nada y siempre.

 

La tarde oscureció con nubes negras y rogué por un charco. Comprendí que un rayo pudo haber sido el verdugo. Que las pérdidas acechan tan natural como crecer. Mi hijo podrá conocer frutas; pero nunca las tomará del árbol que lo vió crecer y deseará que sus hijos tengan un tronco firme en sus recuerdos. Recuerdos que ninguna urbe puede crear en un jardín botánico. Ninguna construcción regala un clima tan intenso, como la copa del árbol, aquella brisa de triunfo, disfrute y grandeza.

 

Desde que la necesidad de desandar los pasos llegó, no sabía bien cómo hacerlo. No era dar la espalda a quien fuí, desde dentro soy aquel niño que reconoció sus pasos perdidos. Cómo hacer que no sé perdieran por la atadura social convertida en años de abandono. Si cada quién puede y necesita elegir dónde y cómo vivir, habrá quien nunca pueda sentir con sus ojos y ver con sus piés, el origen de una vida con su igual en la inocencia de un niño.

 

Ya hataba los cordones que le dolían al niño, y suele el adulto descalza en pleno parque. Desdeñe las gafas de sol; cuando queda algún nuevo arbor por descubrir dónde plantar. Haré un relato de risas para narrar este día doloroso. En el escaso espacio y tiempo que procuro ya hay un lugar verde húmedo. Llevaré suficiente tierra para jugar a sentir la vida.