Cae intempestivo el rayo.
El paraíso tiembla:
nuevas luces, nuevos sonidos,
furor de brillos refulgentes
que alertan a todos los sentidos.
¿Embriaguez del cielo?
Un titán de celos descorre
cortinas rojas:
una manzana verde,
entre dientes.
Aldabas golpean
pecho y corazón,
agitados, complacidos.
Eva sabe:
el paraíso engaña.
No es jardín:
es eslabón.
La serpiente sisea,
cizañosa,
negocia silbidos
por gemidos.
En la cocina,
la cafetera hierve el agua
y el vapor dibuja tu rostro
en el vidrio de la ventana.
Adán despierta
de su sueño profundo:
el costado aún le duele.
Tic-tac.
El reloj lame los minutos.
Los autobuses pasan
cargando sombras sentadas.
—¡La serpiente, la serpiente!— pienso.
¿O habrá sido su propio amor
quien lo ha mordido?
Eva calla en mi costado.
Y de costado, Eva me habla.
No es fruto prohibido:
es dulzura sin pecado original.
En la calle,
los niños persiguen mariposas de cemento.
Un mendigo vende silencios.
Yo los guardo en mis bolsillos rotos.
Eva y Adán,
tomados de la mano,
ya caminan
los peligros
y los contrasentidos.
Yo los miro alejarse.
Apenas soy poesía.
Racsonando Ando (Oscar Arley Noreña Ríos)