Carlos Andrey Vargas Araya

Un pedacito de mi alma

Algún día, sin previo aviso,  te detendrás en medio de la calle  o tal vez en la penumbra de un cuarto cualquiera, y alguien te mirará  como si llevara siglos practicando ese instante.

 

No será un flechazo de película,  
ni un relámpago romántico.  
Será más bien un reconocimiento lento,  
un murmullo antiguo que sube desde el pecho  
y dice:  
¡Ah, eras tú! .  

 

Porque en esos ojos ajenos  
verás el hueco exacto  
que dejaste al nacer,  
el espacio que tu alma excavó  
antes de olvidarse de sí misma  
y salir a caminar por otros cuerpos.

 

Te buscaron en todas las versiones equivocadas de ti,  
en espejos rotos, en promesas de medianoche,  
en manos que no sabían sostener  
lo que temblaba dentro.  

 

Y aun así siguieron buscando,  
con la terca fe de quien sabe  
que lo que falta  
no se inventa,  
solo se reconoce.

 

Entonces, cuando sus pupilas encuentren las tuyas,  
no habrá fuegos artificiales,  
solo un silencio inmenso  
y la certeza sorda  
de que ese pedazo perdido  
no estaba desaparecido:  
simplemente  
estaba viviendo en otro lugar,  
esperando  
con la misma paciencia  
con que tú, sin saberlo,  
también esperabas.

 

Y en ese cruce de miradas  
tu alma, por fin,  
dejará de ser un grito a medio decir  y se convertirá  
en un hogar que regresa.  

 

Algún día.  
No tan lejos.  
Quizá mañana.  
Quizá esta misma noche,  
cuando menos lo esperes,  
alguien te mirará  
y tu corazón, asustado y antiguo,  
susurrará por dentro: por fin…  llegaste