Me han pasado los años con sorprendente rapidez,
y el cuerpo, con lentitud, ha aprendido a rendirse a la gravedad,
como quien entiende que todo lo que vive cae un poco
—ley del universo—.
Mas no todo lo que desciende es pérdida.
He logrado escuchar lo que antes
corría demasiado alto.
El decaimiento incomoda,
pero luego revela una música de fondo,
una vibración antigua
que no corresponde al cuerpo,
sino a aquello que lo ocupa.
La mente permanece activa,
diría que acelerada, dictándome ideas
que a veces ni yo misma comprendo,
como si vinieran de un lugar
que no me pertenece del todo.
Tal vez algo del pasado, no vivido,
o recordado,
con raíces profundas sembradas en el alma
queriendo ser arrancadas,
dejándome apenas la intuición
de que hay un orden secreto
respirando detrás de lo visible.
Se aferran
como si custodiaran un fragmento de verdad
que aún no alcanzo a descifrar.
Hay memorias que no son mías
y aun así me habitan,
como si buscaran completarse en mí
antes del respire final.
Hay noches en que se buscan,
cuerpo y mente,
como amantes que se reconocen
en un deseo que ardió,
compartiendo un secreto
que solo se revela
en el roce invisible
entre la caída y el pensamiento.
Entonces el cuerpo,
este que envejece sin alarde,
empieza a revelar señales que no sé traducir:
un temblor leve,
una punzada que aparece y desaparece,
una calma extraña en lugares
donde antes solo había prisa.
No sé si es sabiduría
o simplemente desgaste,
pero hay momentos en que siento
que la carne recuerda algo
que mi mente aún no alcanza,
como si guardara instrucciones viejas
sobre cómo regresar
a donde todo comenzó,
aunque aún no sepa
si ese origen me espera.
Y si algo permanece,
no es la carne ni el pensamiento,
sino esa música tenue
que nos atraviesa en silencio
y nos recuerda, sin palabras,
que nunca dejamos del todo
el lugar del que venimos.
—L.T.