LOURDES TARRATS

LA MÚSICA DE LO INVISIBLE

 

Me han pasado los años con sorprendente rapidez,

y el cuerpo, con lentitud, ha aprendido a rendirse a la gravedad,

como quien entiende que todo lo que vive cae un poco

—ley del universo—.

Mas no todo lo que desciende es pérdida.

He logrado escuchar lo que antes

corría demasiado alto.

El decaimiento incomoda,

pero luego revela una música de fondo,

una vibración antigua

que no corresponde al cuerpo,

sino a aquello que lo ocupa.

 

La mente permanece activa,

diría que acelerada, dictándome ideas

que a veces ni yo misma comprendo,

como si vinieran de un lugar

que no me pertenece del todo.

Tal vez algo del pasado, no vivido,

o recordado,

con raíces profundas sembradas en el alma

queriendo ser arrancadas,

dejándome apenas la intuición

de que hay un orden secreto

respirando detrás de lo visible.

 

Se aferran

como si custodiaran un fragmento de verdad

que aún no alcanzo a descifrar.

Hay memorias que no son mías

y aun así me habitan,

como si buscaran completarse en mí

antes del respire final.

Hay noches en que se buscan,

cuerpo y mente,

como amantes que se reconocen

en un deseo que ardió,

compartiendo un secreto

que solo se revela

en el roce invisible

entre la caída y el pensamiento.

Entonces el cuerpo,

este que envejece sin alarde,

empieza a revelar señales que no sé traducir:

un temblor leve,

una punzada que aparece y desaparece,

una calma extraña en lugares

donde antes solo había prisa.

 

No sé si es sabiduría

o simplemente desgaste,

pero hay momentos en que siento

que la carne recuerda algo

que mi mente aún no alcanza,

como si guardara instrucciones viejas

sobre cómo regresar

a donde todo comenzó,

aunque aún no sepa

si ese origen me espera.

 

Y si algo permanece,

no es la carne ni el pensamiento,

sino esa música tenue

que nos atraviesa en silencio

y nos recuerda, sin palabras,

que nunca dejamos del todo

el lugar del que venimos.

—L.T.