Hay en mi este lugar sin lomo ni banderas
una tierra de matas sin arar,
de polvo y sangre gangrenada,
plomos y metales sin liturgia;
donde alguna vez heroicos fusiles
dieron pólvora a los lobos.
Hay en mi un lugar de plástica
y táctil constitución,
minada desde laboriosos bronces
trilaterales:
rojizos campos, blancura estelar
y verdeantes corazones.
Donde alguna vez uno oía
a cada hombre gritar:
¡Oh libertad! ¡Oh patria! ¡Oh México!
Tal es la tierra que ha parido
pechos y dorsos labriegos.
Tal es mi lugar.
Ahora, una óxida águila caída del nopal
y la vil serpiente arraigada a su plumaje;
la sangre muerta de mi Hidalgo,
mi Josefa y Morelos;
las corrosivas trincheras y carabinas
de mi Doroteo, mi Zapata,
y, no sin mencionarlo, mi Porfirio.
Así es, y no niego del útero
que me dio carne, como vida,
como historia.
Y no obstante, reniego
del poderoso y ofendido,
de mi mano izquierda y derecha,
y, desde luego, del cementerio
ordenado y homicida.
Ahora, el grito es condena y fechoría;
la carabina, para el bandido;
la historia, para el historiador;
y la bandera un pliego de tela
para el sastre.
Hay en mi este lugar sin signos ni batalla
un silencio trémulo, silencio de cueva.
Hoy escribo por temor, hoy callo por temor,
hoy grito con mordaza en cada labio.
Tal es mi lugar.