No se fueron.
Y nadie los felicitó por eso,
pero todos lo esperaban.
La mesa sigue puesta.
Las sillas alineadas.
El silencio,
bien educado.
Aquí no hay golpes,
ni gritos.
Solo una paciencia
que se parece demasiado
al abandono.
Se quedan
para no fallar,
para no dar explicaciones,
por los hijos
que duermen
creyendo
que todo sigue en su lugar.
El amor aprendió
a no estorbar.
A vivir en los márgenes
de una casa
que todavía llaman hogar.
No se separan.
No se aman.
Cumplen.
Y eso
también
los rompe.
No porque el amor viva,
sino porque afuera,
y también adentro,
hay demasiados ojos
cuidando
que todo
siga
igual.
Jesús Armando Contreras.