Nunca fue solo entre dos.
Alguien siempre estaba allí,
aunque no dijera nada.
La mesa siempre estuvo completa.
Platos servidos.
Una silla que nadie movía,
pero pesaba.
Siempre hay una presencia
que no se sienta,
pero ocupa el espacio.
Está en la mesa,
en la mirada que se aclara la garganta,
en el silencio que cae
cuando decimos “nosotros”.
A veces el amor baja la voz
en lugares públicos,
guarda las manos en los bolsillos,
aprende a no incomodar.
He visto despedidas
que no fueron por falta de fuego,
sino por exceso de testigos.
Dos personas soltándose
no porque quieran,
sino porque
pesan las miradas.
Y así,
se separan.
No porque el amor haya terminado,
sino porque había demasiada gente
mirando.
Jesús Armando Contreras.