Se termina la tarde
y de pronto
a uno le da por escuchar
cómo los pájaros se fugan
hacia un lugar que aún ignoro.
Ellos Cantan
pero aún no descifro
si es un himno de victoria
o una tristeza
que se marcha con alas;
jamás entendí el lenguaje
de las aves,
mucho menos:
el de las despedidas.
Y ahí llegás vos
o mejor dicho, tu imagen
que me cae con la ternura
de una lluvia tímida
de esas
que no se alcanzan a sostener
en el cansancio del día.
Y me doy cuenta
(quizá un poco tarde)
de cuánto tiempo gasté
esperando lo que no vino:
amores que se quedaron
tímidos en el umbral,
y otros que, por cobardía,
ni siquiera tocaron la puerta
me obligo a creer
que con vos es distinto,
que traés en tus jóvenes manos
colores nuevos
que aún no conozco.
Porque el amor tiene eso,
una trampa terriblemente tierna:
te convence de ser nuevamente un niño
y te inaugura el mundo
como la primera vez
que jugaste bajo la lluvia de mayo.
Otra vez te pienso.
Y sigo sin saber
si esto es júbilo o pena.
Te imagino como
una de esas aves,
la única capaz
de darle nombre
a todo esto
que siento.