Yo también fui lobo,
aullando a luces ajenas,
creyendo que amar
era perderme mirando arriba.
Pero hoy comprendo:
no vine a perseguir soles,
vine a encender el mío.
Camino torpe,
sí,
pero caminando.
Caí,
sí,
pero despertando.
No soy el sol de nadie,
porque ahora
soy mi propio cielo.
Y cuando mire la luna
no será para rogarle calor,
sino para agradecerle
las noches que me ayudó a cruzar
cuando aún no sabía brillar solo.
Hoy no me persigo.
Hoy me acompaño.
Hoy ya no aúllo.
Respiro.