A la carroñera
Escuchen cómo cierto bulto truena,
como esa seca flora se estremece.
Los crujidos aterrizan al suelo
al tiempo que el bulto desaparece.
La peste se aterra de cierto pájaro
que devora al bulto que languidece.
En todo tiempo, lugar y buena hora,
vive de la mugre hasta que anochece.
Miremos esa suerte de condena;
vea usted como al desierto embellece.
No le privan del hambre, pues lo muerto
en sus dominios siempre prevalece.
A la peste y cuerpo consume, dama
hasta contentar su corte, que crece
entre redes de espino y de bacteria.
Solo usted se anticipa quién perece.
Dichosa dama, bien destriparía
al más grande y pestilente bovino.
Su natura hambre la lleva a batir
hasta su trono podrido y genuino.