UN DIA COMO CUALQUIERA
Salí como cualquier día,
con el paso distraído del que no espera milagros,
por el trazo gastado del camino
donde el polvo ya sabe mi nombre.
Iba rumbo a T\'ancarpata,
entre saludos breves y paredes de ladrillo crudo,
con el cielo aún indeciso
y el corazón en modo costumbre.
Pero el camino también recuerda,
y al subir _sin aviso_
al bosque de T\'ancarpata,
la ciudad decidió hablarme.
Ahí estaba Cusco,
extendido como un aguayo antiguo
sobre el regazo de los cerros.
Casas apretadas como pensamientos al amanecer,
techos de colores que resisten al tiempo
como nosotros al olvido.
La pista, larga herida gris,
respiraba historias de ida y vuelta,
aves de metal durmiendo,
soñando con otros cielos
sin dejar de ser de aquí.
Las montañas, abuelas silenciosas,
custodiaban todo
con esa paciencia que solo conoce la piedra.
Y las nubes _ah, las nubes_
bajaban despacio,
como si quisieran escuchar
el rumor del mercado,
el claxon lejano,
el rezo escondido en cada casa.
Me quedé quieto.
No por falta de camino,
sino por exceso de paisaje.
Entendí entonces
que Cusco no se mira:
Cusco se reconoce.
Está en la subida que cansa,
en la vista que sacude,
en ese momento exacto
en que un día cualquiera
te recuerda de dónde vienes.
Y bajé distinto.
Con el pecho lleno de cerros
y el alma hablando en quechua
aunque la boca no lo diga.
© Corazón Bardo