Amar bonito
no es prometer el cielo,
es quedarse
cuando el día pesa
y no hay palabras lindas
para decir.
Es poder ser uno mismo
sin pedir disculpas,
sin corregirse el tono,
sin editar la versión
para ser querido.
Es que te acepten
con tus luces
y con tus bordes.
Con lo que sabes
y con lo que todavía no sanas.
Amar bonito
es reírse fuerte,
pero también
poder guardar silencio
sin miedo
a que el otro se vaya.
Es sentir paz.
No vértigo.
No ansiedad.
No ese nudo en el pecho
que confunde intensidad
con amor.
Es elegir,
todos los días,
sin presión.
Sin manipular.
Sin jugar a perder
para ver si el otro se queda.
Es cuidarse mutuamente
sin poseer.
Acompañarse
sin vigilar.
Celebrarse
sin competir.
Amar bonito
es hablar de lo difícil
con respeto.
Discutir sin herir.
Decir me equivoqué
y que eso no debilite,
sino acerque.
Es sentir que el hogar
no es un lugar,
es una persona.
Que cuando estás con ese ser
el mundo baja el volumen.
Es construir
sin prisa.
Sin espectáculo.
Sin testigos innecesarios.
Es mirarse y saber,
sin necesidad de decirlo,
que no hay que ser otro,
que no hay que demostrar nada,
que así, tal cual,
ya está bien.
Ese amor no grita.
No exige.
No duele.
Ese amor cuida.
Sostiene.
Permite.
Y cuando aparece,
una vez, si acaso,
no se confunde.
Porque no te cambia.
Te devuelve.
Y ahí entiendes
que no buscabas a alguien
para completarte,
sino a quien te acompañara
mientras eras,
por fin,
tú mismo.