Mi madre y yo
somos un par
de almas que convergen,
breve tiempo quizás,
de distintas primaveras.
Ignoramos la edad
que se nos une de pronto
como horizonte en el mar.
Somos dos almas
que se funden en paz
y agitan sus alas
para juntas volar,
somos tiempo inacabado
que con plena libertad
conjugamos en silencio
el verbo amar.
Madre ¡qué divertido!
me cuenta secretos
tan escondidos
porque al ver mis canas
me ves como amigo.
Madre ¡qué alivio!
ver que con los años
envejezco contigo,
ver que ya no piensas
que soy un niño.
Madre ¡seguimos vivos!
juntos lloramos,
juntos reímos,
¡qué bueno mamá
que envejecimos!
Alejandro J. Díaz Valero
Maracaibo, Venezuela.