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 Testamento del Caminante Sin Nombre

 Testamento del Caminante Sin Nombre

No busques mi firma al pie de este relato, ni rastro de sangre en el viejo papel; soy solo el eco que habita en el trato del viento que sopla sobre tu piel. No tengo corona, ni patria, ni espada, mi reino es el tiempo que nadie contó, una sombra humilde, una luz cansada, que en medio del ruido, el silencio buscó.

 

He visto ciudades hundirse en el lodo y reyes que lloran por un poco de pan; comprendo que el hombre, queriéndolo todo, pierde las huellas de lo que vendrán. Soy el marinero de un barco sin puerto, el labriego ciego que siembra el cristal, la voz que resuena en el pecho del muerto y el grito de vida en el hondo zarzal.

 

¿Quién soy yo, preguntas, con tanta insistencia? Soy el niño que juega entre los escombros, la mano que carga la cruel insolencia de un mundo que pesa sobre sus hombros. Soy el primer beso, el último adiós, la duda que asalta cuando el sol se pone; soy la plegaria que no escucha Dios, y el verso libre que nadie impone.

 

He amado en las sombras de antiguos portales, he bebido el vino de la soledad, curé mis heridas con sal y cristales buscando el camino de la libertad. Y hoy que me pierdo en la niebla del día, no quiero estatuas, ni gloria, ni altar; prefiero ser solo una breve alegría, una vieja nota que invita a soñar.

 

Guarda estos versos si el alma te pesa, úsalos de puente para cruzar el dolor; que no importa el nombre ni la nobleza, si al final del viaje solo queda el amor. Me voy como vine: sin ruido, sin prisa, como una palabra que el aire olvidó, dejando en tus labios una leve sonrisa y el rastro de un sueño que nunca murió.