\"Lavacopas - La pena del gaucho\", es un poemario breve del escritor argentino Belisario Sangiorgio Trogliero. En esta publicación, un adelanto de los primeros textos correspondientes a esta reciente producción literaria, que integra el proyecto del podcast y del libro \"Matrero\".
I
como el gringo de Colipilli
no me quiso dar trabajo
para la veranda
tuve que bajar hasta Zapala
y de ahí me llamaron
para peonarme en Bahía Blanca;
pero allá surgió
una desavenencia
con los cuatreros del Tuyú
y finalmente
terminé en Retiro;
fui a parar de lavacopas
en un restaurante
de la avenida Córdoba;
tuve por encargado
a un boliviano rengo
y de compañeras
a dos camareras gordas
infieles;
bajábamos al depósito
del subsuelo
donde no hay ventanas
ni aire
y escondidos entre las cajas
entre las bolsas
de veinte kilos de papas
para soportar
tomábamos el vino
del patrón.
II
triste es andar en esta ciudad
de edificios abandonados
y cucarachas inmundas
que caminan
por las paredes de las estaciones
del tren;
aquí
hasta las palomas
están enfermas
y son amigas
de los desventurados
mendigos
que no tienen un ojo
les faltan las piernas
y piden
en los andenes;
mí suegra en el campo
dice que están orando
y yo aquí
intento
sobrevivir
en un lugar
que se parece mucho
al infierno.
III
mí paisanita
no sabía leer ni escribir
y sufrió la pena
de traicionar
y luego
la pena
de ser traicionada;
quedó sola
enfrentada con Dios
y aunque lloró
en las huellas
del paraje de Trailathue
nadie escuchó
su ruego.
IV
por veinte dólares
trabajo todo el día
en un depósito
descargando camiones
apenas puedo
pagar una cama
en una pensión
y un plato de comida;
resisto porque
eso he aprendido
en el campo;
por la noche
leo la Biblia
que me obsequió
un paisano del paraje;
yo sé que Jesús
no me dejará desamparado
yo sé que al final
este camino que hoy
parece incierto
algún día
me llevará
hacia verdes campos.
V
cuando vuelva al puesto
ya no seré el mismo
ese día
cuando vuelva
esperaré a tu madre
frente a la iglesia en Chos Malal
compraré víveres y nafta
y volveré a Colipilli,
pero ya no seré el mismo;
pienso en aquella tarde
en Buenos Aires
en el barrio de Caseros
conseguí un empleo
en una fábrica de zapatillas
y cuando terminé la jornada
me senté sobre una vereda
a comer un poco de pan;
estaba cansado y triste
y oré para que Dios
bendiga esa comida;
y sentí que Él me decía
que jamás
volvería yo
a dormir en el suelo
en un colchón;
dijo que me cuidaría;
lo sé:
cumplirá su promesa.
VI
cuando vine a la ciudad
tuve también
que trabajar para un gitano
que vendía autos robados;
cuando los delincuentes
salían de la cárcel
venían a verlo;
y cuando los delincuentes
caían presos
venían
a la casa del gitano
sus esposas
para arreglar las cuentas;
después, a las seis de la tarde
cuando terminaba
de trabajar con aquel viejo
tomaba el tren hasta el centro
para trabajar otro turno
en un restaurante;
volvía de madrugada
a una casa medio abandonada
que me habían dado
para cuidar
en la orilla de la General Paz;
un pastor del barrio
me regaló un folleto
con el Salmo 91:
lo pegué junto a mí cama
y al leerlo
en la noche profunda
sentía
que todo
iba a estar mejor.
VII
a veces no quiero escribir
porque cuando escribo
lloro
al recordar
tanto sufrimiento;
quise abandonarme
matarme
y descansar en la oscuridad
pero Dios me sostuvo
me cubrió
con un manto celeste
para que yo no cayera;
doy gracias al Señor
por las cosas buenas
y por las cosas malas;
por todo lo que tengo
y lo que aún me falta
recibir.
VIII
hay un día que atesoro
en mí memoria triste:
cuando decidimos
construir nuestra casita
en los cerros;
yo salí temprano
para esperar el camión
en el cruce de la iglesia;
descargamos los ladrillos
y el cemento y los hierros;
te recuerdo cebando mate
mientras tu hermano y yo
preparábamos la mezcla
cortábamos los ladrillos
y levantábamos las paredes;
el sol se escondía
lejano
en la ruta que va para Cholar
y vos estabas feliz;
todos estábamos
tan felices.