Carlos Andrey Vargas Araya

El Ășltimo rostro

La historia de una joven  versión de mi, una historia de un jóven policía:

 

Aún hoy, tantos años después, siento que ese cuarto de hotel sigue respirando dentro de mí.
Era un hombre cualquiera, con un nombre que nunca supe, y sin embargo su rostro se grabó en mí mente.

 

Se había metido la pistola en la boca y había apretado el gatillo. El estruendo aún retumba en algún lugar profundo de  ese cuarto de hotel. Cayó junto a la cama, torpe, roto, pero vivo. Increíblemente vivo.
Me miró.No con odio, no con rabia.
Me miró como quien pide auxilio sin palabras, como quien ya no tiene fuerzas ni para arrepentirse.

 


Y con una voz que apenas era voz, me suplicó que le alcanzara el arma.
Quería terminar lo que había empezado.
Yo no lo hice.
No pude.
No quise.
Llegamos antes que nadie. Antes que la Cruz Roja, antes que los judiciales. Solo estábamos él, yo y el paramédico que, con una serenidad que ahora admiro, me pidió ayuda para bajarlo.
Lo cargamos en la camilla.
Era inmensamente pesado.

 


Yo era joven, flaco, con los brazos temblorosos y el corazón latiendo en la garganta.
Pero lo sostuvimos.
Al doblar la esquina de las escaleras, su rostro quedó frente al mío.
A centímetros.
Sus ojos, todavía lúcidos, se clavaron en los míos con una intensidad que no sé explicar.
No había reproche.
No había súplica desesperada.
Solo… presencia.
Una presencia absoluta, desnuda, que me decía sin hablar: “Aquí estoy todavía. Mírame. No me dejes solo en esto”.

 


Bajábamos despacio.
Cada escalón era un latido eterno.
Y yo, que no sabía qué decir, que no tenía respuestas ni consuelo verdadero, solo pude mirarlo con toda la calma que logré reunir en medio del horror.
“Vas a estar bien”, le dije.
“ No te preocupes”.
Mentira piadosa.
O tal vez no.

 


Tal vez en ese instante quise creerlo con toda mi alma, porque él necesitaba creerlo también, aunque fuera por unos segundos.
Sus ojos no se apartaron de los míos.

 


Me miró fijamente mientras descendíamos.
Y yo le devolví la mirada, tratando de que viera en mí algo que no fuera miedo, algo que no fuera juicio.
Quise que viera humanidad.
Quise que, en ese último trayecto consciente, sintiera que alguien lo estaba acompañando de verdad.
Que no estaba solo en el último tramo.

 


Pocos minutos antes se había disparado en la cabeza.
Y sin embargo ahí estaba, mirándome.
Y yo, un muchacho delgado con uniforme, era lo último que le quedaba del mundo.
Luego vino la sangre.
Primero un hilo oscuro en la comisura de los labios.
Luego más.
Luego el ahogo.
El gorgoteo terrible.
El cuerpo que se rinde.

 


No sé si murió en mis brazos.
No sé si alcanzó a llegar al hospital.
Pero sí sé, con una certeza que me atraviesa el pecho, que mis ojos fueron lo último que vio con conciencia.
Y mi voz, esas palabras sencillas y frágiles, fue lo último que escuchó.
No sé si fue suficiente.
Nunca lo sabré.
Pero en ese breve, eterno descenso por unas escaleras de hotel, intenté darle lo único que tenía:
mi mirada limpia,
mi voz temblorosa,
y un pedacito de calma que saqué de no sé dónde.

 


Y aunque el mundo lo olvidó hace mucho tiempo,
yo sigo cargándolo.
No como una culpa,
sino como una promesa callada que le hice sin palabras:
“No te solté.Estuve ahí.Hasta el final”.

 

Lo cargo en mi memoria como un recuerdo, lo cargo como quien sostiene una promesa de un paraíso eterno. Yo fuí en conclusión, su último rostro...