Ayer fue demasiado, y hoy mi pecho lo recuerda.
Unas voces pedían agua, otras solo querían una mano, y yo quería sostenerlas a todas, como si pudiera abrazar ese mundo tan frágil que también nos vuelve vulnerables.
Los pasillos gritaban, los cuerpos pedían ayuda, las manos no alcanzaban y aun así seguíamos, firme por fuera, desbordada por dentro.
Éramos un equipo cansado, miradas que hablaban sin sonido. En ese lugar las palabras sobran y los silencios lo dicen todo. Silencios que pesan, silencios que sostienen, silencios que también duelen.
Ese lugar es infinito, un mosaico de mundos distintos, donde la cordura y la locura se rozan cada día antes de desvanecerse hasta mañana.
Y esta profesión, tan hermosa, a veces también nos desborda. Porque damos más de lo que tenemos, porque sentimos más de lo que mostramos, porque hay días en que el alma se queda sin manos para sostenerlo todo.
Y en este mundo sanitario, tan agotado, tan cansado, tan poco valorado por la sociedad, seguimos dando más de lo que somos, esperando que algún día alguien vea lo que cuesta sostener lo que otros no pueden sostener solos.
Quise llorar, pero no había espacio. Quise gritar, pero no había aire. Hoy solo quiero soltar lo que ayer no pude.
Gracias, compañeros, por seguir. Hay palabras que no digo, porque igual que ustedes estoy agotada y sensible. Pero los llevo conmigo, en este cansancio compartido que también es cariño.
Y así, entre voces y silencios, entre mundos que se quiebran y se sostienen, aprendo que también yo merezco un respiro, una pausa, y que incluso en el cansancio hay belleza, porque seguimos, porque estamos, porque sentimos.
Y ojalá, a través de mis letras, este cansancio hecho poema llegue al corazón del mundo, para que sepan que también nosotros necesitamos ser vistos y valorados.