Roma.

Sauce llorón

Salgo al patio y noto que el pasto estaba obscenamente verde.
Como si no supiera que yo estaba pensando en irme.

El verano grita vida y a mí me dio ganas de pedirle perdón por existir con este cuerpo cansado.

Hay una voz que no grita, susurra: no alcanza. Nunca alcanza.

El invierno no se fue.
Se me quedó en los huesos. Dormía para no estar o no dormía para castigarme.
El espejo era un juez a la madrugada y yo siempre culpable.

Lloraba sentada, abierta, sin pudor, como si alguien me hubiera roto por dentro y nadie se hiciera cargo.

Pensé en morir rodeada de risas, eso en Julio.
Pensé en morir mientras otros vivían.
Pensé en cómo irme sin arruinar la música.

Quise regalarme en objetos: arreglarles la vida, comprar silencios, envolver mi ausencia para que no moleste.

No quiero matarme. Pero deseo no estar.
Entonces negocio con el destino: un choque, un asalto, una mano ajena que decida lo que yo no me animo.

Que no sea mi culpa.
Que no tenga que elegir.

Me miran distinto ahora.
Se me nota la grieta.
Yo, que siempre quise pasar sin hacer ruido, soy ruido hasta un domingo.

Pero sigo mirando el pasto.
Sigo notando la sombra exacta del árbol, el sauce llorón que tengo.
Sigo temiendo perderme lo que aún no existe.

Y eso me enrabia.
Porque incluso rota, incluso cansada, incluso oscura, todavía no me voy.