El silencio no es de quien espera,
es de la semilla bajo la tierra fértil.
El que precede al verde,
el del brote que se estira
con sus brazos hacia el sediento sol.
No es el fin,
es el vacío dejado por el miedo;
lugar donde poco a poco nos cimentamos
con las manos desnudas,
con el recuerdo áspero.
El primer ladrillo de lo que seremos.
La esperanza es fuego que nunca se apaga,
es lámpara dócil que nunca se derrama.
Alumbra una casa sin rejas,
abierta en un abrazo.
Nos visita el lento río
que regresó a su antiguo cauce,
ha derrumbado la presa que lo retenía.
Lo nutre la misma fe
del cansado que sigue la rancia vereda.
Que vuelvan los ausentes,
los que el éxodo hirió.
Que sus sombras a las nuestras se unan.
Traen consigo el olor de un mar ajeno y frío,
son raíces que anhelan tierra de infancia.
No habrá flor que no brote en este suelo
abonado con el llanto y la ausencia,
con un tiempo robado,
un reencuentro deseado.
La libertad es fragua
donde se cuece el pan que se reparte.
Es debate alegre,
es temple gozoso de pueblo necesario.
Amanece,
la puerta entreabierta
deja salir el lastre malévolo.
La luz se extiende,
se yergue paciente.
La justicia brota de la tierra.
Caminaremos sin prisa
cargando el alma propia.
La esperanza es el aire,
el destino,
el camino,
el próximo paso.
Y si cae la noche en el pecho,
que persista el fuego
que el pueblo encendió y aviva.
No es un sueño,
es la aurora que hemos visto nacer.
Es el comienzo… Somos… y por fin, libramos.
04-01-2026
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