Te vi inclinarte, lento, hacia su boca,
como quien bebe un vino que envenena.
Y yo, detrás, con la mirada loca,
sentí como si el alma entera se enajena.
Tus labios, que soñé como mi abrigo,
se abrían dulces, rojos, entregados.
Y yo, sin más, fumaba mi castigo,
mientras tus besos eran regalados.
El humo me abrazaba como un velo,
gris penitencia, sombra de mi anhelo.
Cada calada era un clavo en mi pecho,
cada suspiro, un grito al cielo estrecho.
Quise correr, gritarle que eras mío,
que en mis poemas vivías encendido.
Pero callé, temblando todavía,
con la ceniza ardiendo en mi saliva.
Tus dedos en su piel, como en mi verso,
tu risa en otra voz, mi desconcierto.
Y yo, detrás del humo, tan disperso,
moría sin morir, sin ser tu puerto.
La noche se cerró como un abismo,
y el viento me empujó hacia el abismo.
Tu sombra y la de ella se fundían,
y mis cenizas lentas se perdían.
En las horas de hielo, de la noche fría,
el cigarrillo era mi única compañía;
Y así, sin voz, sin tregua, sin palabras,
me ahogaba en humo, mientras la besabas.
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Annabeth Aparicio de León
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