Martí dijo que jamás la poesía,
como ante el dolor, crecerá tanto.
Hoy hasta el sol ardió de espanto,
quisieron apagar la luz del día.
Escupieron en las letras sagradas
de la paz, en el sueño de las madres
que no verán a sus hijos despertarse
y escarban entre las vidas robadas.
Las lágrimas cubrieron mi frente
con ganas de ser dios o el diablo
para mandarlos a todos al carajo,
cual Chávez, ay, amor impotente.
Tengo la lira herida, pero viva,
como ese pueblo tan de verdad,
¡qué ejemplo libre de dignidad
que muere con las manos arriba!
Están equivocados, recabrones
si esperan una victoria sencilla
¿Cuántos llevan dentro la arcilla
que une a infinitos corazones?
Osaron hollar una tierra sagrada,
las nubes lloraron en las ciudades
que pueblan nuestras soledades,
aunque nunca tuvieran estas pisadas.
Viva siempre Venezuela, cojones
y no me excuso por malas palabras.
Ante el odio, la rabia es un arma
nacida de las más bellas canciones.
Pues como cantó el gran Alí Primera:
«Para ver a los niños felices jugar»
vamos a soñar, reír, amar y matar,
y veremos florecer otra primavera.