La realidad que vemos
no pide permiso:
aplasta.
Muerde.
Se repite.
Tiene forma de rutina,
de deuda invisible,
de pantallas que deciden
qué merece existir.
Aquí la verdad se alquila,
la conciencia se cansa
y el miedo trabaja horas extra
mientras nosotros aprendemos
a llamar normalidad
a lo que nos vacía.
Vivimos informados
pero ciegos.
Conectados
pero solos.
Y aun así…
deseamos.
Deseamos una realidad
que no nos obligue a endurecernos,
donde pensar no sea peligroso
y sentir no sea un defecto.
Pero no la construimos:
la aplazamos.
Por miedo.
Por cansancio.
Por comodidad aprendida.
Entonces el deseo se pudre
y se convierte en rabia,
en cinismo,
en esa risa seca
que ya no cree en nada.
Entre lo que es
y lo que soñamos
hay una herida abierta.
No nos separa el poder,
ni los dioses,
ni los sistemas:
nos separa
el momento exacto
en que dejamos de atrevernos.
Y ahí,
en ese punto preciso,
nace la verdadera derrota.
Antonio Portillo Spinola