Hay una puerta colonial de madera ancha
que no tiene cerrojos,
porque la bondad consiste en dejar la entrada libre
para quien busca un refugio.
En el patio interior, una mujer se mueve,
es una figura femenina que danza en silencio.
Sus brazos son como el mar,
vienen y van con una fuerza tranquila,
abrazando la orilla de quienes se sienten solos,
sin pedir nada, solo estando allí.
Su aliento es el viento que refresca el cansancio,
un aire que no empuja, sino que sostiene.
Es esa compasión sencilla:
ver el dolor del otro y reconocerse en él.
Afuera, en el parque donde los árboles han soltado sus hojas,
se levanta una lámpara solitaria.
No juzga el frío ni la desnudez de las ramas,
simplemente alumbra.
Así es el amor que busco:
una danza que no necesita música,
una luz que no cuestiona la oscuridad,
una puerta que siempre, siempre, nos deja volver a casa.
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