Y una noche me di cuenta
que estaba persiguiendo a alguien que huía de mí,
pero volteaba para asegurarse
que yo siguiera detrás.
La calle era larga como las promesas,
y mis pasos resonaban
con la fe cansada de quien insiste
aunque sabe que no llegará.
Ella corría ligero,
no para escapar,
sino para sentirse deseada,
como si mi presencia
fuera la prueba de su existencia.
Yo la seguía con el corazón desordenado,
recogiendo migajas de miradas,
interpretando cada vuelta de cabeza
como una esperanza,
como un “todavía”,
como una mentira amable.
A veces frenaba un poco,
dejaba que la distancia respirara,
y entonces ella también dudaba,
miraba atrás con miedo,
no a perderme,
sino a quedarse sola con su vacío.
Comprendí que no huía de mí,
huía de quedarse,
de nombrar lo que sentía,
de sostener lo que pedía con los ojos
pero negaba con los actos.
La noche me habló en silencio
cuando el cansancio venció al deseo.
Me dijo que el amor no se persigue,
que no se corre detrás de quien
solo sabe mirar hacia atrás
para confirmar que aún lo siguen.
Y me detuve.
No por orgullo,
sino por lucidez.
Ella siguió avanzando unos pasos más
hasta notar la ausencia de mis pasos.
No sé si volvió,
no sé si entendió.
Yo solo sé que esa noche
dejé de correr
y empecé, por fin,
a volver a mí.
MICHELLE RUIZ TOMASINI