Aquel antiguo farol
de luz tibia y mortecina
que antes de entrar en tu calle
me saludaba en la esquina,
era mi mejor amigo.
Él era mi confidente.
Él sabía mis secretos
y mis sueños más fervientes.
Bajo él juraste quererme.
Bajo él te dije te quiero.
Entre una bruma cetrina
cubrió nuestro amor primero.
Y con su luz temblorosa
de ilusión y de amor preso,
impulsivo, en ese instante,
yo te robé el primer beso.
Y el farol cerró sus ojos.
¡Total penumbra en la esquina!
Y tú, y yo, como uno solo,
fundíamos nuestras vidas.
Y Córdoba abrió sus alas
cubriendo ciudad y río
que rebosando arte y gracia,
rindieron su poderío.