I
Fumando un cigarro inhalo los recuerdos,
la memoria está hecha cenizas
y soltando el humo dañino de la melancolía,
hurta con sus manos el azoro de mi pasado.
En esta tarde enferma de vacío
con la quietud de todo lo hecho, hay una melodía
que retumba en la grotesca sala de mi corazón.
¿Me han preguntado si firmo el cielo
con mi lúgubre letra? Con la noche triste
recibo las palabras ensangrentadas de mi propio olvido.
¿Por qué hay tantos fantasmas con su imagen?
Tal vez sea por el líquido de este amor
derramado, desperdiciado.
II
Fumo otro cigarro, vuelvo a inhalar otra vez;
vuelvo a tachar con líneas el frío polvo de su ausencia.
Estoy sujeto a un lugar lejano
a un rocío quemado por tantas imágenes.
Mírame bestia pordiosera de mis mas enfermos
temores, mis mas atroces vicios, llegan a mí
y dejan que las moscas llenen de larvas mis sentimientos.
No soy nada, mas que una hoja vagando:
No soy obrero.
No soy hombre.
No soy artesano.
Ni mucho menos escribo.
Tan solo soy el hilo de mi ansiedad,
soy el grasnar de los cuervos,
soy la fuerza que empuja,
soy quien lee los símbolos del sol,
la inacabable espuma del abismo.
III
Fumo mi último cigarro
y lo llené de salvajes desvaríos.
Inhalo el huracán de mis memorias
y salgo a contemplar la noche manchada
de nubes rojizas como lo es, la carne
cuando sangra, como lo es, la pulpa de la vida.
Hoy con todo el vicio impregnado
en la piel voy esperando
un soplo de existencia...
tengo que aprender a florecer cuando la primavera se desnuda.