Te miré en la silla, sentada con los ojos tristes,
en un silencio que hablaba.
Tu pelo blanco como copo de nieve,
y en tu rostro arrugado se mecía una melancolía
que encogía el alma.
Me miraste por un instante,
como si en mi rostro buscaras
aquella esperanza perdida.
Me senté a tu lado y con calma te pregunté:
—¿Todo está bien?
mientras una lágrima recorría, sin permiso, tu rostro.
Con voz temblorosa me dijiste, casi en susurro:
—Esta Navidad no será la misma para mí.
Hubo una pausa larga,
como si el tiempo se congelara por un instante.
Todavía con calma, ante la situación, te pregunté por qué.
—Es que se ha ido mi compañero de vida,
ese que fue amigo, esposo y confidente
por más de cincuenta años.
Un escalofrío me recorrió el alma,
como si el dolor de aquella mujer
me hubiera poseído.
Sentí aquella tristeza hablarme cara a cara,
como si el dolor también me encarara
de forma radical.
No pude evitar abrazarte.
En el calor de aquel abrazo
escuché un “gracias” pausado,
como si un peso fuera quitado de tus hombros.
Vi llegar a un hombre joven
y mientras te acariciaba el rostro te decía:
—Todo estará bien, mamá.
Me miraste otra vez con una mirada vacía,
tratando de ocultar aquel dolor
que las palabras no sabían explicar,
pero que yo entendía a la perfección.
Bajé del avión hace semanas,
pero sigue en mi mente
aquella mirada en tránsito
que marcó, sin pensarlo, mi destino.