Rafael Blanco López

Ante su tumba

La bondad no hizo ruido cuando pasó.

No levantó polvo, no pidió nombre.

Tomó la forma de una mujer y el mundo aprendió a llamarla. María.

 

\"Floresta.\"

El pueblo donde nació, la nombra todavía en la manera en que despierta el día, en el viento que no apura, en la casa que hoy es ajena pero que supo esperar, con las puertas sosteniendo una memoria intacta.

 

Ella llegaba sin anunciarse, y todo se acomodaba solo: la mesa, el pan, el silencio, el corazón.

 

Había en sus manos una forma antigua de cuidar, un dar sin medida, un amor que no hacía promesas porque ya era hogar.

 

Su nombre descansa ahora bajo la tierra humilde, pero no está ausente.

 

Dios reconoce ese idioma hecho de gestos pequeños, de bondad sin defensa, de amor que no aprende a irse.

 

Y volvemos al origen, al pueblo que la vio nacer y morir, tan solo a dejarle una oración mínima, como quien deja encendida la luz más fiel.

 

Porque María, no es solo la abuela que partió.

No cabe en la palabra recuerdo.

 

Es la forma más dulce en que el amor nos enseñó a quedarse. Y aunque ausente, permanece en nosotros, en lo que somos y en esa esencia callada que no ha de perderse, porque el amor que dejó trae inscrito su nombre en nuestra alma.

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Rafael Blanco López 

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