“A humilde no me gana nadie”,
repetía justo antes de despedirse para sempre.
Lo decía como quien se protege,
como si la frase pudiera tapar el miedo o justificar todas las veces que no supo pedir perdón.
Quería irse sin mirar atrás,
con la voz firme y el pecho vacío,
dejando esa arrogancia como última herencia.
Con el tiempo pensé
que no era orgullo lo que cargaba,
sino una tristeza tan grande que no podía decir adiós de otra manera.