Jesus Armando Contreras.

Aprendimos a irnos

Llegamos temprano.

También estaba allí.

Con la camisa planchada
—no por elegancia,
sino por respeto—

y el miedo
mal doblado
en los bolsillos.

Traíamos un título.
Lo apretaba
como se aprieta
a un hijo dormido
cuando el bus frena de golpe:

con cuidado,
con orgullo,
y con esa esperanza
que todavía no sabe
defenderse sola.

Habíamos estudiado de noche.
Contado monedas.
Fingido no tener hambre
para que el futuro
alcanzara.

Esperamos.

No horas.
Esperamos como espera
quien no tiene apellido
para empujar la puerta.

Entonces pasó alguien.

No miró.
No esperó.
No pidió nada.

—Es el hijo de…—

Y algo, apenas audible,
se quebró por dentro.

No grité.
Me quedé quieto,
como quien entiende
que ya perdió
antes de empezar.

El título pesó.
No como logro.
Pesó
como una piedra inútil
entre las manos.

No abrió la puerta.
No supo
contra qué apellido
competía.

Algunos se fueron.

Me quedé
un poco más,
esperando
no sé qué.

Tal vez un error.
Tal vez una justicia
que no llegaba tarde,
sino que nunca
había pensado en llegar.

Después los vi partir.

Cruzaron fronteras
con el mismo título
que aquí
no servía
ni para decir
quiénes eran.

Allá aprendieron a valer.

Aquí aprendimos otra cosa:
que un país
también puede
soltarte la mano
sin hacer ruido.

Algunos nos quedamos.

No por valentía.
Por miedo.
Por cansancio.
Por amor torcido.

Nos reinventamos
bajo el mismo cielo
que un día
cerró la puerta
en la cara.

Y cuando digo ellos,
todavía duele
reconocer
que también
era yo.

Jesús Armando Contreras