Llegamos temprano.
Yo también estaba ahí.
Con la camisa planchada
—no por elegancia,
sino por respeto—
y el miedo
mal doblado
en los bolsillos.
Traíamos un título.
Yo lo apretaba
como se aprieta
a un hijo dormido
cuando el bus frena de golpe:
con cuidado,
con orgullo,
y con esa esperanza
que no sabe
defenderse sola.
Habíamos estudiado de noche.
Digo habíamos
porque yo también
conté monedas,
porque yo también
fingí no tener hambre
para que el futuro
alcanzara.
Esperamos.
No horas.
Esperamos como espera
el que no tiene apellido
para empujar la puerta.
Entonces pasó alguien.
No miró.
No esperó.
No pidió nada.
—Es el hijo de…—
Y ahí
algo se rompió en mí.
No grité.
Me quedé quieto
como se queda
el que entiende
que ya perdió
antes de empezar.
El título pesó.
No como logro.
Pesó
como una piedra inútil
en las manos.
No abrió la puerta.
No supo
contra qué apellido
estaba compitiendo.
Algunos se fueron.
Yo me quedé
un poco más,
esperando
no sé qué.
Tal vez
un error administrativo.
Tal vez
una justicia
que no llegaba tarde
sino
que nunca pensó en llegar.
Después los vi partir.
Aquí la voz se quiebra.
Los envidié.
Los vi cruzar fronteras
con el mismo título
que aquí
no servía
ni para explicar
quiénes eran.
Allá
aprendieron a valer.
Yo aprendí otra cosa:
que un país
también puede
soltarte la mano
sin hacer ruido.
Algunos nos quedamos.
No por valentía.
Por miedo.
Por cansancio.
Por amor torcido.
Nos reinventamos
bajo el mismo cielo
que un día
nos cerró la puerta
en la cara.
Este poema
no acusa.
Tiembla.
Porque cuando digo ellos,
todavía me duele admitir
que también
era yo.
Jesús Armando Contreras