Roma.

En la mañana, más pienso

Siento esto, y tengo miedo de que lo que intuyo no me deje nunca.

Que se me quede pegado al cuerpo como el insomnio, como esa certeza que no se puede explicar pero pesa.

Es esta madrugada, esta hora injusta en la que yo estoy despierta y para vos todavía es noche.
Vos dormís mientras yo me desarmo en silencio, con el corazón caminando descalzo por tu ausencia.

No te escribo, pero te pienso con una insistencia que ya roza lo dramático, como si pensarte fuera una forma de sangrar lento sin que nadie lo note.

Me pregunto si me sentís.
Si en algún rincón del sueño se te cuela mi nombre, o si soy apenas una idea tibia que se apaga cuando amanecés.

Hay noches en las que la distancia no es kilómetros: es un abismo.
Un hueco que no se llena con promesas, ni con “ya falta menos”, ni con ganas.

Yo me quedo acá, hablando sola, negociando con la intuición para que no me abandone, para que no me mienta.

Porque si lo que siento es verdad, entonces duele… pero sostiene.
Y si no lo es, esta madrugada va a ser testigo de cómo aprendí a extrañar antes de tenerte.

Cuando despiertes, capaz el mundo siga igual.
Pero yo no.
Yo habré pasado otra noche queriéndote en silencio, esperando que lo que intuyo no me deje justo ahora que más te necesito.