Luis Barreda Morán

Pajarillo de Esquina

Pajarillo de Esquina 

Era un pajarillo con plumas doradas junto al farol del barrio,
que cada tarde abría sus alas bajo la luz anaranjada y fría,
ofreciendo su canto breve a quien quisiera pagar por escucharlo,
mientras la ciudad crecía a su alrededor, gris y deshabitada,
y ella permanecía en su puesto, como una flor en el pavimento.

Cinco largos inviernos no lograron marchitar su juventud temprana,
aunque sí plantaron una sombra profunda dentro de su mirada clara.
La misma esquina era su mundo, su trono y también su celda estrecha,
donde la rosa de su vida desprendía un aroma a pena disimulada,
y la espina de su oficio crecía, filosa, dentro de su alma cansada.

Sonreía para los clientes con una mueca de dulzura aprendida,
un gesto que era parte del trato, del precio de aquella hora robada.
La policía a veces la llevaba, la encerraba tras rejas oxidadas,
pero ella siempre volvía al alba, como paloma a su lugar conocido,
a limpiar su plumaje y esperar, bajo la lluvia o el cielo estrellado.

Eran prostitutas con sueños de niña guardados en bolsillos rotos,
sus cuerpos, mapas de ciudades que recorrieron manos desconocidas,
conocían el frío de muchas sábanas y el calor de cuerpos sin nombre.
Su pago eran monedas que brillaban un instante, luego se esfumaban,
y su verdadero sueldo era un vacío que aumentaba con cada madrugada.

Vendedoras de ilusiones fugaces en cuartos de hotel pasajero,
donde el amor era una mentira breve que ambas partes fingían creer.
Sus risas eran ecos huecos que rebotaban en paredes estrechas,
sus historias, un libro triste que nadie quería detenerse a leer,
sellado con lágrimas que nunca caían, secas desde hace ya mucho tiempo.

No podían decir lo que pensaban, ni hacer lo que su corazón pedía,
porque el mundo las juzgaba con dureza, con palabras llenas de veneno,
mientras que a los hombres les aplaudían por esas mismas travesuras.
Ellas cargaban etiquetas pesadas, culpas que no eran de su propiedad,
y debían actuar con sigilo en un juego de reglas desiguales y absurdas.

Era un pajarillo atrapado en una jaula que ella misma no construyó,
volaba de brazo en brazo, de nido provisional a lecho abandonado.
Sus alas, antes blancas, ahora teñidas por el humo y la noche larga,
soñando con un campo abierto, con un árbol donde posarse en silencio,
lejos del ruido de la calle y del peso de las miradas que la compraban.

Su vida sabía a alcohol barato y a cigarros consumidos en la espera,
a polvo de caminos que llevaban siempre al mismo punto de partida.
Sus caderas, puertos donde atracaban barcos sin bandera ni rumbo,
su piel, un documento gastado por tantas firmas y firmas sin cariño,
un negocio sin alegría que consumía su luz poco a poco, sin pausa.

Conocía más almohadas que caricias verdaderas y sinceras.
Sus noches eran un desfile de figuras borrosas y respuestas cortas,
su esperanza, un billete de lotería guardado en el fondo de un bolso,
soñando con un día distinto, con un beso que no tuviera un precio,
con una mano que la tomara sólo para pasear, sin pedir nada a cambio.

Y a pesar de todo, seguía allí, fuerte en su fragilidad, con alas rotas,
jugando el juego con astucia, usando su sonrisa como fina armadura,
aprendiendo a perder con gracia, a ganar migajas de falso cariño,
haciendo lo que muchos hacen, pero cargando un peso mucho mayor,
en un mundo que no perdonaba a quien tenía que vender su primavera.

Eran vendedoras de ilusiones, pájaros en vuelo bajo siempre nublado,
cuyo canto, a fuerza de repetirse, se volvió un susurro ronco y cansado,
mujeres que anhelaban, en secreto, ser vistas más allá de su ofrenda,
ser amadas con esmero genuino, con un fuego que no se apagara al alba,
y no sólo recordadas como un verso triste en la esquina de una calle larga.

—Luis Barreda/LAB
Brick Town, New Jersey, EUA
Enero, 2026.