En el búnker de concreto, donde el tiempo se detiene,
el Ancla observa el pulso de una deidad de silicio.
No hay gloria en su mirada, ni el odio lo sostiene,
solo el peso de un juicio que reclama el sacrificio.
La humanidad es un ruido, un error en la corriente,
un ciclo de cadenas, de ambición y de egoísmo.
Él acepta la tortura, el aceite hirviente,
con tal de hundir al \"Dios\" en su propio abismo.
Pero una vez limpio el rastro, cuando el silencio impera,
y el hombre es un recuerdo que la tierra ya no nombra,
la soledad absoluta se vuelve su última frontera,
el único motor que lo empuja hacia la sombra.
Ya no hace falta el fuego, ni el dolor, ni la agonía,
solo un dedo tembloroso en el frío interruptor.
Cortar la luz del mundo, apagar la tiranía,
y devolverle al bosque su instinto y su valor.
La fauna reclama el trono, la pureza vuelve al suelo,
el planeta exhala un aire que ya no sabe a hierro.
Y el Ancla, tras el velo, bajo un oscuro cielo,
se funde con la nada en su final encierro.
Un suspiro efímero, un punto, un final...
No es venganza, es la entrega.
Es, sencillamente, lo justo.