Me he propuesto no prometer ni prometerme, porque me parece que el que promete
está seguro del tiempo. Ya no quiero vivir de falsas esperanzas ni de promesas vagas,
quiero ser un hombre de hechos, usar la razón más que la ilusión. Prometer es tirar una
moneda al aire, es comprar un número de lotería y decir: \"voy a ganar\". No te prometo
la eternidad, pero te regalo mi tiempo ahora; no te prometo el cielo, pero te regalo la
sombra debajo de este encino. Suena más coherente y seguramente, a futuro, hiere
menos, porque las promesas que no se cumplen duelen, se impregnan en el alma y
terminan mutilándonos en esas tardes melancólicas en que nadie está para
abrazarnos. Vivir de promesas es empeñar nuestros sueños