No empezó con una decisión.
Empezó con un gesto repetido
hasta volverse forma.
El cuerpo aprendió antes que la palabra.
Aprendió a tensarse,
a callar en el momento justo,
a confundir cuidado con distancia.
Lo que después se llamó carácter
fue, muchas veces, una defensa eficaz.
Lo que se sostuvo como fortaleza
nació de no tener otra opción.
Hubo señales.
Siempre las hubo.
Pero mirar también es una forma de riesgo,
y no siempre se estuvo dispuesto.
El tiempo no ordenó nada:
solo acumuló escenas.
Algunas claras.
Otras opacas.
Otras imposibles de nombrar
sin que algo tiemble.
No todo lo aprendido sirvió para vivir mejor.
Algunas estrategias siguieron funcionando
cuando ya no hacía falta.
Persistieron por inercia,
como un músculo que no sabe soltar.
Nombrar no devolvió la calma.
Apenas trazó un borde.
Un límite mínimo
entre lo que se repite
y lo que, tal vez, podría transformarse.
No hay cierre.
Hay restos.
Y en esos restos, a veces,
una forma precaria,
pero suficiente,
de seguir
sin forma todavía.