JavierManjarres

Nuestro refugio

A veces nos refugiamos en la pena

como quien cierra la puerta

de una habitación conocida.

No es cómoda.

Es familiar.

 

El dolor, cuando insiste,

aprende la forma de un hogar:

oscuro, estrecho,

pero nuestro.

 

Desde ahí miramos el mundo

con un vidrio torcido,

creyendo que ese peso en el pecho

es todo lo que somos.

Olvidamos

—o elegimos olvidar—

que antes de la herida hubo piel,

y que bajo las cicatrices

la luz no se extinguió.

 

Quien nos mira desde fuera

no carga nuestras culpas,

no oye las frases que nos repetimos

cuando la noche se queda despierta.

No escucha la autocrítica

ni el eco torpe del pasado.

Solo mira.

 

Y en esa mirada simple

hay una verdad que se nos escapa:

no somos nuestras penas,

somos aquello que las contiene,

lo que las atraviesa

sin agotarse en ellas.

 

Por eso duele ser vistos.

Porque el otro desarma

el relato con el que sobrevivimos.

Mientras nos definimos

desde la falta,

desde lo roto,

desde lo que no fue,

él percibe gestos,

silencios,

una forma única de estar.

 

Percibe un brillo

que no pide permiso,

que no necesita explicación.

 

Entonces surge la pregunta incómoda:

¿por qué somos tan crueles

con nosotros mismos?

¿Por qué creemos que la dureza

es una forma de justicia?

 

Tal vez porque la ternura

exige responsabilidad.

Aceptar que, incluso rotos,

seguimos siendo valiosos.

Que, incluso cansados,

seguimos siendo dignos de amor.

 

La mirada que merecemos

no es ciega ni indulgente.

Es honesta.

Reconoce el dolor

pero no se queda a vivir en él.

Entiende la pena como camino,

no como destino.

 

Mirarnos así

es un acto casi revolucionario:

dejar el refugio de lo que duele

para atrevernos a habitar

lo que somos.

 

Y quizá ahí esté la sanación:

no en borrar la pena,

sino en dejar de llamarla identidad.

Aprender a vernos

como nos ve quien ama sin condiciones.

Aprender, al fin,

a reconocernos

sin bajar la mirada.