A veces nos refugiamos en la pena
como quien cierra la puerta
de una habitación conocida.
No es cómoda.
Es familiar.
El dolor, cuando insiste,
aprende la forma de un hogar:
oscuro, estrecho,
pero nuestro.
Desde ahí miramos el mundo
con un vidrio torcido,
creyendo que ese peso en el pecho
es todo lo que somos.
Olvidamos
—o elegimos olvidar—
que antes de la herida hubo piel,
y que bajo las cicatrices
la luz no se extinguió.
Quien nos mira desde fuera
no carga nuestras culpas,
no oye las frases que nos repetimos
cuando la noche se queda despierta.
No escucha la autocrítica
ni el eco torpe del pasado.
Solo mira.
Y en esa mirada simple
hay una verdad que se nos escapa:
no somos nuestras penas,
somos aquello que las contiene,
lo que las atraviesa
sin agotarse en ellas.
Por eso duele ser vistos.
Porque el otro desarma
el relato con el que sobrevivimos.
Mientras nos definimos
desde la falta,
desde lo roto,
desde lo que no fue,
él percibe gestos,
silencios,
una forma única de estar.
Percibe un brillo
que no pide permiso,
que no necesita explicación.
Entonces surge la pregunta incómoda:
¿por qué somos tan crueles
con nosotros mismos?
¿Por qué creemos que la dureza
es una forma de justicia?
Tal vez porque la ternura
exige responsabilidad.
Aceptar que, incluso rotos,
seguimos siendo valiosos.
Que, incluso cansados,
seguimos siendo dignos de amor.
La mirada que merecemos
no es ciega ni indulgente.
Es honesta.
Reconoce el dolor
pero no se queda a vivir en él.
Entiende la pena como camino,
no como destino.
Mirarnos así
es un acto casi revolucionario:
dejar el refugio de lo que duele
para atrevernos a habitar
lo que somos.
Y quizá ahí esté la sanación:
no en borrar la pena,
sino en dejar de llamarla identidad.
Aprender a vernos
como nos ve quien ama sin condiciones.
Aprender, al fin,
a reconocernos
sin bajar la mirada.