Solo sé hablar en metáforas.
Las palabras me brotan cual río caudaloso, rompiendo la quietud de cualquier paisaje.
Las imágenes poéticas se disparan una tras otra, como una balacera al cielo, y, como murciélagos en la oscuridad, encuentran su camino.
No las elijo, no las manejo. No soy consciente de mis impulsos, aunque respondo por ellos.
He aprendido, con el tiempo, a domesticar mis verbos y mis pensamientos, incluso, a veces, hasta mis sueños.
Pero, sin embargo, rezo.
Rezo a los dioses nuevos y a los viejos, aun siendo ateo.
Mis plegarias son un secreto, un murmullo vergonzoso a los pies de la cama.
Implorando cordial y con respeto, que prefiero no soñarte.
Y si no ha de ser posible,
que por lo menos lleves ropa,
que te veas borrosa,
que sea de día,
que el sueño no tenga música,
ni tu olor.
Cierro los ojos y enumero la lista como un niño que escribe a Santa.
Mientras caigo en las islas de Morfeo,
y los dioses nuevos no están,
y los viejos se mofan y dicen: lo siento.
Y ya sé de qué trata.
El sueño ya tiene tus uñas en mi espalda
y susurros que me cierran la garganta.
El sueño es oscuro y solo tiene tacto,
y mi dedo índice y medio bajando por el contorno de tu ombligo.
Mientras te maldigo en lenguas de fuego cada vez que me desahogo de tus besos,
Mientras se rompen los cristales más finos del alma
cuando inspiro el olor de tu pelo.
Y mi nariz, hundida en tu cuello,
se aferra como yo a la vida;
o a la muerte, ya no sé.
Solo suplico por piedad,
por una metáfora nueva que me salve,
o que me alivie, aunque sea un poco,
la intensidad de sentir tu piel sobre la mía.