El pueblo amanece despacio,
lejos del ruido que insiste en la ciudad.
Aquí el tiempo se sienta conmigo,
se quita los zapatos
y aprende a respirar.
Estoy con mis padres,
con su forma antigua de cuidar la vida,
con mi hermana,
que es hogar incluso cuando calla.
Habitamos una casa antigua
que no conoce nuestros pasos,
pero nos abre el silencio
como si supiera esperarnos.
Empieza un año nuevo con
la humildad de lo pequeño,
con la fe que no hace ruido,
con el deseo sencillo
de que la vida sea buena.
Salud para el cuerpo,
calma para el alma,
pan suficiente
y amor que no se vaya.
Que este año no pase de largo.
Que nos nombre.
Que se quede.
Que lo que llegue sea justo
y lo que duela, breve.
Que la bendición no sea promesa
sino presencia diaria.
Aquí, lejos de la ciudad
y cerca de lo que importa,
declaro abierto el año
y lo recibo sin miedo.
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Rafael Blanco López
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