Me gusta ver
cómo el sol se precipita al mar,
y las olas serenas
vienen a dar relación
de aquella cálida ceremonia.
Me gusta, todos los días,
elegir una armadura vieja del armario y salir
para acaso ser vencido nuevamente,
regresando a rastras al regazo de mi Ítaca.
Me gusta ver el celaje cotidiano;
la lenta coreografía nubífera
nos recuerda que existe el paraíso.
Anochece y las nubes duermen quietas
suplantando la mirada constelada
de ojos voyeristas.
Me gusta incluso cuando el agua
no humedece mis labios.
Cuando voy a dormir con un puño de hiel en la boca
que se escapa entre mis ojos.
Todo aquí es sereno.
Sin embargo, me inquieta el mar encarnado.
Tantos han naufragado, perdido su Ítaca,
han visto romperse su hogar.
He navegado a bordo de mi barca desgastada y
me intriga no ver a Ligeia,
ni encontrar a Teles o contestar el saludo de Radne,
o perderme en el lenguaje laberinto de Pisínoe.
Algo se ha roto en el mundo,
algún monstruo inaudito nos hizo extranjeros
en nuestra casa.
Y de regreso, con el agua
lamiéndome el cuello, apenas escucho el grito de Molpe,
y con el temor de que mañana el sol
no se precipite al mar,
vuelvo a rastras al regazo de mi Ítaca.