Andrik Navarrete Arias

Me senté solitario en el valle...

Me senté solitario en el valle, viéndolo teñido por el sol, coloreado ya de rubor y rozado por el viento vespertino.

Frente a mí, tordos rojos –ya sean damas o caballeros– se volvían ligeros sobre el pastizal que fino y verde, apenas reaccionaba ante el viento. Luego, los tordos volaron, batieron sus alas negras –y pecho rojo de manzana–. Se fueron. Excitaron hasta el nervio ocular.

Aunque mi espíritu tuvo paz, supe que nunca me complacería quieto; si el movimiento es la vida, ¡querré formar par de esa vida! Me levanté y caminé un poco. Vi a las vacas, muy dulces sus mugidos, ya sean de hambre o de saludo. También anduve viendo a las gallinas, a los gallos y guajolotes. Adivinen cuán hermosura escondía cierta guajolote, pues sus plumas mimetizaron el atardecer primaveral. Siempre los dadores de mis alegrías más sinceras, tan dignos de la tierra y tan admirados por las nubes; nubes errantes buscando el placer de ser.

Quienes sean de natura, quizás pudieran renovar al enérgico niño interior. Entonces yo los buscaré por la psique de la vida. ¡A celebrar el batir del aire vivo!